
Aquella mañana todo había sido diferente, cuando Mariana se
levantó no sintió el aroma de las tostadas ni el calor de otro cuerpo al lado
del suyo. De hecho ya no tenía el sabor de los besos alcohólicos de una noche
de ardiente pasión, tampoco tenía la discordia entre la razón y la decencia al
recuerdo de tocar un cuerpo ajeno. Cuando despertó esa mañana noto que ningún galán
de cuarta abría la puerta quebrajada de su gris habitación, nadie hacía sonar
esa maldita tabla suelta en el piso de su alcoba.
Al despertar se puso de pie frente a su ventana, limpio el
vidrio con la manga de su sucia bata de levantar para eliminar el hollín y el
polvo pegados por noches de incesantes sudores y gemidos. Encendió un
cigarrillo que encontró junto a la ventana, y noto que afuera el día estaba
nublado y frío, noto también que hacía mucho que no veía el día; entonces sintió
algo que ya había olvidado como se sentía, un extraño calor liquido recorrió su
mejilla y un gemido de tristeza salió magullando su garganta; lo que aconteció
aquella mañana, nunca antes había ocurrido, Mariana lloraba... Lloraba por la frustración
de no ser joven y bella, al mirar por la ventana vio su reflejo derruido por
los años, ya no pertenecía a la prostitución de élite...
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